Vuelo sobre el océano Pacífico. Desde mi ventana se ve el ala del avión, algunas nubes dispersas en el cielo y la luna, casi tocando la puna del ala. Desde niño que evito dormir en los aviones, me agrada la sensación de estar volando, sentir el vértigo de estar en tránsito, viajando a toda velocidad en medio de la nada.
Saco el Iphone de mi mochila y disparo una fotografía apuntando a la luna, casi como un reflejo cuando veo una perspectiva que me gusta. Solo que desde aquí no puedo editarla ni publicarla en Instagram. Guardo el celular en mi bolsillo y vuelvo a mi libreta.
Volar me relaja. Siento que atrás quedan mis responsabilidades, mi rutina y el mundo conocido. Delante se dibuja un horizonte lleno de posibilidades. Un paréntesis que guarda paisajes, rostros y experiencias de una cultura distinta. El vuelo representa el portal para pasar de un mundo conocido a uno por conocer.
El avión es el punto cero de la aventura que recién comienza.
Mientras escribo sirven el desayuno. Como un pan con queso, galletas con mermelada y bebo un té. Guardo la libreta con el lápiz en la mochila. Reclino el asiento y dejo que mi vista se pierda en el cielo salpicado de nubes y una luna que ya no se ve desde mi ventana.
Vuelo de Lima a La Habana, 23 de enero del 2016